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Columnas

Cinco planetas y medio

Edición de 2009

 ¿Qué se necesita para satisfacer a la creciente población mundial y al progresivo incremento de sus niveles de vida?

Por Augusto Townsend K.

 

La crisis económica internacional no ha podido evitar que en el 2009 la “huella” del ser humano en el planeta Tierra haya sido más pesada que nunca, según el último reporte State of the Earth 2010 de National Geographic. Uno de los ámbitos en el que más repercusiones viene teniendo esto último es, sin duda, en lo concerniente al calentamiento global. De ahí que resulte insuficiente encarar los riesgos del cambio climático como si se tratara sólo de un problema de emisiones de CO2. De lo que se trata, eminentemente, es de entender que el mundo le ha perdido el paso a la humanidad, y que ya no se da abasto para satisfacerla en los términos que ésta le impone.

Este planteamiento puede sonar tremendista. Recuérdese, en ese sentido, el error histórico del economista inglés Thomas Malthus, quien en 1798 pronosticó que la población mundial crecería con más rapidez que el suministro de alimentos, asumiendo que la primera variable avanzaría de manera geométrica mientras que la segunda lo haría de forma aritmética. Si bien lo primero efectivamente ocurrió (aunque no en las magnitudes pronosticadas por Malthus), los avances en la tecnología generaron un enorme incremento en la productividad agrícola, lo cual descartó la segunda parte de dicha ecuación.

 

La velocidad del cambio

Ampliar imagenBien podría ocurrir, entonces, que en el futuro inmediato la humanidad descubra nuevas tecnologías que la ayuden a sortear las proyecciones catastróficas de los ambientalistas sobre los efectos del calentamiento global. Desafortunadamente, esto no debería inducir a un exceso de optimismo, pues el escenario actual es mucho más complejo del que pudo haber avizorado Malthus.

La diferencia radica en que implementar innovaciones en el ámbito agrícola (para aumentar la producción de alimentos) es mucho más sencillo e inmediato que hacerlo en el ámbito del transporte o la energía. Piénsese, por ejemplo, en lo que demoraría sustituir a escala mundial el parque automotor o la flota aerocomercial por alternativas de transporte que no dependan de los combustibles fósiles (aun cuando éstas ya estén disponibles). De igual forma, las energías renovables o la energía nuclear no suplantarán al carbón en el parque generador mundial en el corto plazo.

Los desarrollos tecnológicos que están más próximos a alcanzar viabilidad comercial tardarán décadas en masificarse, por prometedores que resulten. Tal es el caso de las tecnologías de almacenamiento de CO2 en el subsuelo, los biocombustibles de segunda generación (el etanol celulósico, por ejemplo) o los vehículos con base en hidrógeno, entre otros. Es poco probable, por tanto, que contribuyan en la mitigación de algunos efectos más inmediatos del calentamiento global (que afectarán en mayor medida a los países emergentes, ver Perú Económico julio 2009), como el estrés hídrico, la caída en la productividad agrícola o la pérdida de biodiversidad, entre otros.

Incluso las alternativas más avezadas enfrentan problemas que requerirán de un nivel de consenso sin precedentes para ser implementadas. La geoingeniería climática le ofrece a la humanidad la posibilidad de manipular el clima a voluntad. Esto se puede lograr, por ejemplo, liberando dióxido de azufre en la estratósfera para así aumentar el rebote de los rayos del sol. Con ello se busca imitar el impacto de la erupción del monte Pinatubo (Filipinas) en 1991, la cual ocasionó una disminución de 0.5º C en las temperaturas globales.

Curiosamente, el problema con esta alternativa en particular es que resulta poco costosa y sencilla de aplicar, con lo cual cualquier país podría implementarla. Nótese, entonces, el riesgo latente: el país “X” podría liberar dióxido de azufre en un intento por aumentar las precipitaciones en sus áreas agrícolas, pero generaría en consecuencia sequías en el país vecino “Y”. De más está decir que éste podría ser el caldo de cultivo perfecto para fomentar una nueva ola de conflictos armados en el mundo.

Todo esto se inserta, además, en un contexto en el cual las distintas naciones del mundo vienen sosteniendo una serie de discusiones para decidir cómo enfrentar el calentamiento global, las cuales tendrán su punto cúspide a finales de año en la Cumbre de Copenhague. Debido a la disparidad de intereses en este debate (ver Semana Comenta del 2 de setiembre del 2009 en Semanaeconomica.com), lo más probable es que, si se llega a adoptar un acuerdo, éste resulte insuficiente o –peor aun– imposible de cumplir (como ha pasado con acuerdos previos tales como la Declaración de Río de Janeiro de 1992 o el Protocolo de Kioto de 1997).

Y en tal escenario, lo que podría perjudicar aún más la situación es que las principales economías emprendan una guerra arancelaria basada en mutuas acusaciones de no tener estructuras productivas ambientalmente amigables. Del mismo modo, la necesidad de abordar el problema con premura puede hacer que los gobiernos escojan las tecnologías “ganadoras” e impongan su implementación a pesar de ser aquéllas más nocivas que beneficiosas (como el caso del etanol del maíz en Estados Unidos, por ejemplo).

Así las cosas, ¿puede decirse que el mundo se ha quedado sin alternativas para enfrentar este problema de manera efectiva?

 

La paradoja de la sobreexplotación

La historia demuestra que la humanidad ha sabido aprovechar el ingenio para superar las distintas crisis que se le han ido presentando. De ahí que resulte fundamental evitar que el alarmismo distorsione los esfuerzos por abordar la problemática del cambio climático de forma ecuánime y con buen criterio.

Ahora, si el mundo va a depositar toda su confianza en la eventualidad de que se descubra una nueva tecnología que revierta a tiempo el calentamiento global, debe considerarse que para ello se necesitará una inversión global en investigación y desarrollo (I&D) de entre US$100,000 millones y US$700,000 millones anuales, según el World Development Report 2010: Development and Climate Change del Banco Mundial. Según el citado reporte, tal cifra actualmente bordea los US$10,000 millones anuales, frente a los US$150,000 millones que se destinan cada año a subsidiar a los derivados del petróleo.

Por tanto, sin perjuicio de intensificar los esfuerzos en el ámbito de la I&D, lo que se necesita es reconocer en toda su dimensión la paradoja que detrás de este problema. Por un lado, los países desarrollados han incrementado sus estándares de vida a niveles que hoy resultan insostenibles para ellos mismos. Y, por otro, los países emergentes están creciendo demográficamente a un ritmo que no le da chances al planeta para ser hospitalario con todos sus nuevos huéspedes. Lo paradójico es que, para asegurar la sostenibilidad de sus estándares de vida, los países desarrollados necesitan un crecimiento poblacional más parecido al de los emergentes; y éstos, a su vez, quieren que sus crecientes poblaciones aspiren a un nivel de vida similar al de los países desarrollados.

Uno quisiera que ocurran ambas cosas. Pero, a riesgo de sonar mezquino, lo que debe hacer el mundo –al menos mientras no se descubran esas nuevas tecnologías “salvadoras”– es ajustarse el cinturón: consumir menos y estabilizar su población en torno de los 8,000 millones de habitantes (hoy alcanza los 6,800 millones, pero se proyecta en 9,100 millones hacia el 2050), como apunta Jeffrey Sachs, director del Earth Institute.

Véase por qué: si todos los habitantes del mundo vivieran como los estadounidenses, se requerirían 5.4 planetas Tierra para conseguir los recursos necesarios para satisfacerlos, de acuerdo con National Geographic. En cambio, si todos vivieran como los indios, se necesitaría menos de medio planeta. Estados Unidos consume 23% de la energía global, a pesar de tener sólo el 5% de la población mundial, y descarta el 27% de su comida disponible, lo cual serviría para alimentar diariamente a 20 millones de personas. En suma, un estadounidense consume lo mismo que 32 kenianos.

China, el otro gran emisor de CO2 en el mundo (que incluso ya superó a Estados Unidos), construirá más m2 de bienes raíces en los próximos 15 años que Estados Unidos en toda su historia y sin tener códigos de construcción que sean ambientalmente amigables, conforme indica Michael Grunwald en Foreign Policy. Euromonitor, por su parte, señala que a pesar de que la tasa de natalidad china ha caído de 22.5 a 12.2 por cada 1,000 habitantes entre 1998 y el 2008, la población urbana del país asiático sobrepasará a la rural en el 2030, cuando alcance los 1,000 millones.

Las negociaciones internacionales para enfrentar el cambio climático están justamente entrampadas porque los países emergentes no quieren aplicar medidas ambientales que obstaculicen la salida de la pobreza de sus crecientes poblaciones, mientras que los países desarrollados están poco dispuestos a reducir sus estándares de vida. De ahí que la forma más conveniente de encarar este problema no sea apuntar todos los esfuerzos a un eventual nuevo pacto en Copenhague que, según el “ambientalista escéptico” Bjorn Lomborg, tendría poco impacto en términos de reducción de emisiones de CO2 e inhibiría fuertemente el crecimiento económico global. La solución, más bien, está en que los países impulsen ambiciosos programas individuales enfocados en un consumo más eficiente de sus recursos.

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En búsqueda de la eficiencia

Este planteamiento no es irreal. Para citar algunos ejemplos que sustentan su viabilidad, Grunwald menciona que, debido a las regulaciones federales, las refrigeradoras en Estados Unidos ahora consumen un tercio de la energía que requerían en los años setenta, a pesar de sus mayores dimensiones. Las bombillas LED (light-emitting diode o diodo emisor de luz) tienen una eficiencia energética de 80%, frente al 20% de los tradicionales focos incandescentes. Asimismo, tanto el transporte automotor como el aéreo han registrado avances notables en materia de eficiencia (en el segundo caso ésta ha mejorado 70% frente al promedio de los años sesenta).

Las tecnologías de mejoramiento de eficiencia están mucho más asentadas y son más comercialmente viables que las que se plantean para controlar las emisiones de CO2. Tanto así, que le han permitido a países como Dinamarca experimentar un crecimiento de 70% en su economía entre 1980 y el 2005, lapso durante el cual el consumo de energía se mantuvo relativamente estable.

De hecho, el McKinsey Global Institute refiere que las inversiones en eficiencia generan rentabilidades promedio de entre 10% y 17% –con lo cual se repagan fácilmente– y no requieren en el agregado de una inversión global anual superior a los US$170,000 (cerca del 1.6% de la actual inversión anual en capital fijo) para mitigar significativamente los estragos del cambio climático. Ahora bien, el problema de este enfoque, como señala The Economist, es uno de precios –los subsidios a la energía, extendidos a lo largo del planeta, no incentivan la eficiencia– y de desinformación –los consumidores no tienen disponible o no leen la información sobre la eficiencia relativa de los productos que compran–.

Por cierto, la eficiencia no salvará por sí sola al mundo del calentamiento global, pero podría apoyarse en un segundo factor: la conservación. Como bien apunta Grunwald, mejor que comprarse un auto híbrido es dejarlo en la cochera y movilizarse en bicicleta. Si los países, tanto los desarrollados como los emergentes, asumen estrategias individuales que combinen tanto la búsqueda de eficiencia como la conservación, no le ganarán la batalla al cambio climático, pero “comprarán” suficiente tiempo como para que llegue esa nueva tecnología “salvadora” que permita revertir el calentamiento global antes de que sea demasiado tarde.

 

 

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